Llegamos un día domingo nublado al Teatro Cariola para ser testigos del esperado reencuentro de Amorphis con la fanaticada chilena, en una jornada que dejó más que clara la idílica relación que los finlandeses mantienen con la escena local. El espectáculo estuvo marcado por una atmósfera envolvente, un peso melódico contundente y un recorrido impecablemente equilibrado por las distintas épocas de la banda. Un show preciso, directo y con un sonido soberbio de principio a fin.
La apertura corrió de manera puntual por cuenta de Poema Arcanvs, verdaderos próceres y estandartes del doom metal chileno. Los nacionales armaron un ambiente denso y pesado a punta de pasajes oscuros y ritmos lentos pero potentes. Con un repaso por lo mejor de su discografía —desde su más reciente trabajo Stardust Solitude (2020) hasta sus composiciones más clásicas, como «Desde el Umbral», «Lighthouse Keeper», «Vastness» y «Desintegración»—, la banda hizo valer su trayectoria. Apoyados por una ejecución impecable y la ovación del numeroso público presente a esa hora, demostraron una vez más la vigencia y el peso del metal hecho en casa.





Fotos Por: (@mylyra.photography)
A eso de las 19:30 horas se sumaron los daneses de Saturnus, quienes, como soporte oficial del tour y los cuáles hicieron algunas paradas por ciudades como Curicó, Concepción y Rancagua, terminaron de envolver el teatro en una melancolía profunda. Con un repertorio abrumador liderado por piezas como «The Storm Within», la emotiva y oscura «Forest of Insomnia» y la monumental «I Long», su presentación aportó esa cuota de elegancia, pesadez desoladora y atmósferas sombrías que prepararon el terreno de forma perfecta para el número principal. A esas alturas, la asistencia en el recinto de la calle San Diego aumentaba al ritmo de los profundos guturales de Thomas A.G. Jensen, mientras los asistentes movían sus cabezas en sincronía con los compases, como si de un ritual negro se tratase: un auténtico deleite previo al acto de cierre.





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Con el escenario listo a eso de las 21:00 horas, el sexteto liderado por Tomi Joutsen saltó a la cancha para desplegar una propuesta donde se cruzan el folclor nórdico, el metal progresivo y su sello característico de alternar voces limpias con guturales rasgados. El arranque con «Bones» y la pegadiza «Light and Shadow» encendió los motores desde el primer minuto, desatando la euforia de los miles de congregados en el Teatro Cariola. El ambiente tomó aún más vuelo cuando cayeron infaltables como «Silver Bride» y «Wrong Direction», momentos en que el público coreó a todo pulmón y sin descanso cada una de las líneas melódicas.
En la mitad del show, canciones con mayor mística y complejidad como la arabesca «Death of a King», «Fog to Fog» y «The Castaway» —donde el tecladista Santeri Kallio lució una bandera chilena sobre su instrumento— dejaron ver la tremenda precisión técnica de la agrupación, mientras teclados, guitarras y las voces del público se entrelazaban de manera fluida. Más adelante, tras los eufóricos cánticos de «¡Amorphis, Amorphis!», la banda continuó con cortes como «The Lantern» (de su trabajo Borderland), un viaje a su álbum Halo (2022) con «The Moon», y la folk «Sampo», manteniendo viva la vibra conceptual inspirada en las historias del Kalevala.
El momento de más pura nostalgia llegó con el bloque integrado por «The Smoke»,»Magic and Mayhem/ Black Winter Day / My Kantele», un viaje en el tiempo que desató ovaciones entre los seguidores de la primera época del grupo.
A continuación, retomaron sonidos más recientes con «Dancing Shadow», manteniendo al Teatro Cariola saltando y cantando al unísono. Para el remate, la icónica «House of Sleep» se transformó en un himno absoluto coreado por todo el recinto santiaguino, dejando el terreno servido para el cierre definitivo con «The Bee». Con sus matices modernos y envolventes, este último tema bajó el telón en lo más alto, sellando la despedida de los finlandeses de suelo chileno.
Amorphis brindó un espectáculo sobrio, profesional y profundamente conectado con sus seguidores. Sin necesidad de artificios ni parafernalia innecesaria, los nórdicos demostraron por qué su propuesta sigue calando tan fuerte en Chile, respaldados por músicos de primer nivel y una audiencia fiel que los acompañó eufóricamente de principio a fin.





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