Draconian y Emma Ruth Rundle en Chile: Una oda colectiva a la penumbra y la melancolía

Nos dirigimos hacia la Sala Metrónomo, en el corazón de Bellavista, donde el invierno pareció adelantarse para recibir una de las giras más esperadas, densas y oscuras de los últimos años. Tras dejar una estela de absoluta catarsis emocional en sus paradas previas por São Paulo y Buenos Aires, el coloso sueco del gothic/doom, Draconian, junto a la magistral Emma Ruth Rundle, finalmente se apoderaron del escenario chileno. La agrupación escandinava ya venía de presentarse en 2023 en el Club Chocolate, pero ante una fanaticada incondicional, la jornada de ayer no fue un simple concierto: se transformó en una ceremonia de penumbra, elegancia y un despliegue de ejecución oscuramente hermoso.

La encargada de abrir el portal fue Emma Ruth Rundle. Sola, armada únicamente con su guitarra, entre luces azules y una reverberación que helaba la sangre, la cantautora estadounidense demostró por qué es una de las mentes más brillantes y viscerales del post-rock y el folk oscuro actual. Su set, fuertemente influenciado por la crudeza y la distorsión atmosférica de su discografía, funcionó como un ejercicio de minimalismo devastador. Interpretaciones desnudas y sobrecogedoras de piezas como «Living with the Black Dog», «Blooms of Oblivion» y la lúgubre «Darkhorse» dejaron en claro su enorme peso interpretativo. La destreza de Emma al manejar las dinámicas de crescendo, sumada al uso milimétrico de los pedales de ambiente, creó una muralla sónica que hipnotizó a la audiencia desde el primer acorde. Fue una apertura íntima, desgarradora y perfecta para preparar los ánimos de lo que se venía, ovacionada por un venue que escuchó su performance con total respeto y en absoluto silencio.

Cuando las luces volvieron a apagarse para recibir al plato fuerte de la noche, la ovación del público chileno dejó en claro que la espera había sido una agonía eterna. El sexteto venía de ofrecer fechas brutales e intensas en Argentina y Brasil, pero Santiago no se quedó atrás en entrega y pasión. El arranque demoledor con «I Welcome Thy Arrow» desató la locura colectiva, con puños en alto y cabezas moviéndose al compás de un ritmo lento y punzante. Desde ese primer segundo, el acto doom herético del año había comenzado. La dualidad de «la bella y la bestia» que define la identidad de los suecos se sintió más viva y pulcra que nunca. Las guturales profundas, cavernosas y perfectamente proyectadas de Anders Jacobsson chocaron de forma celestial con la voz limpia, etérea y soberbia de Lisa Johansson, cuyo regreso a las filas de la escuadra se sigue sintiendo como el mejor regalo posible para los puristas del género. Sosteniendo esta arquitectura rítmica, las guitarras de Johan Ericson —maestro indiscutido de los riffs de afinación baja— sonaron pesadas como un yunque, pero con la nitidez exacta para que cada arreglo melódico y matiz de teclado brillara en el fondo sin llegar a saturar.

El viaje afectivo y de precisión instrumental continuó en ascenso con la interpretación de «Heavy Lies the Crown», del disco Sovran hipnotizó a las almas abarrotadas en las penumbras de la sala. También venían promocionando su más reciente álbum In Somnolent Ruin, lanzado el pasado 8 de mayo. En este bloque, piezas como «Cold Heavens», «Misanthrope River» o «The Face of God» brillaron con luz propia gracias a un despliegue de quiebres rítmicos donde la batería guió magistralmente la transición entre la desesperación moderna y la nostalgia gótica clásica. Sin embargo, uno de los momentos cumbre y más coreados de la noche llegó con la mítica «Heaven Laid in Tears», rescatada de su emblemático disco Arcane Rain Fell (2004). Ahí, la combinación de la guitarra líder de Johan Ericson y las líneas vocales de Lisa crearon una atmósfera de ensueño; una genialidad que nos transportó de golpe a la era dorada del estilo en los años 2000, evocando un viaje hacia la adolescencia de muchos de los presentes, quienes cantaron cada verso con el alma. Ya hacia el final, pudimos escuchar «The Sethian», corte que selló con broche de oro y sangre el paso de los europeos por nuestro país.

Al cierre de la jornada, Draconian demostró en Chile que el doom metal no es solo lentitud y pesadez, sino una ciencia exacta del entorno y la emoción. Cumplieron con creces —e incluso superaron— la enorme promesa de virtuosismo que venían mostrando en el resto del Cono Sur, entregando un show denso, conmovedor y con un diseño de sonido impecable. Para los que crecimos con este sonido y para los devotos de la oscuridad musical, la velada fue una victoria absoluta que nos dejó con el corazón lleno de añoranza, pero el alma completamente desbordada. Como una niebla espesa en un páramo, como un canto fúnebre de espectros rozando el aire helado en un bosque, cada tema se sintió como una oda al sufrimiento poéticamente elaborada. Amamos ese tormento y lo que la propuesta de Draconian nos hace vibrar; porque puedes estar roto por dentro, pero ellos te toman de la mano para canalizarlo en texturas, líricas y sensaciones que no sabías que tenías. Sin duda, Draconian fue la dosis de alivio espiritual que tanto necesitábamos.

Nota Por: @fabii.isabelle

Fotos Por: @danisicknot

Produjo: Monkey

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