Seguramente todos estamos familiarizados con la siguiente frase: “Because we’re hardcore, because we’re family”. La frase de H2O trascendió hace años las simples palabras de Toby Morse para transformarse en una declaración real sobre lo que significa esta escena. Y anoche 05 de mayo, en la Sala Metrónomo, esa idea volvió a sentirse más viva que nunca. Porque lo que ocurrió ahí fue mucho más que un concierto. Fue una reunión entre personas que entienden el hardcore como refugio, catarsis y comunidad. Gritos, mosh, two-steps, stage diving, circle pits y cuerpos chocando constantemente dentro de esa violencia controlada que solo tiene sentido para quienes la viven desde dentro.
Desde temprano comenzaron a llegar los asistentes. Cerca de las 20:00 hrs., la sala ya mostraba una cantidad generosa de público que poco a poco iba elevando la temperatura del lugar, preparando el ambiente para una noche que muchos llevaban tiempo esperando. Conversaciones entre amigos denotaban esa ansiedad previa que solo aparece cuando sabes que vas a ver bandas que marcaron parte importante de tu vida.
El debut de Stick to Your Guns en Chile finalmente se hacía realidad. Y apenas aparecieron sobre el escenario, quedó claro que la espera había valido completamente la pena. No hubo barricadas, no hubo distancia entre banda y público. Todo se sintió inmediato, cercano, casi caótico por momentos, pero precisamente ahí radica gran parte de la esencia del hardcore.
Desde el primer tema, los fanáticos se abalanzaron hacia el escenario para cantar junto a Jesse Barnett cada palabra como si fuera un desahogo colectivo. Fue un golpe directo, sin pausas y sin necesidad de artificios. El setlist estuvo compuesto por 16 canciones que recorrieron distintos momentos importantes de la carrera de la banda, generando una reacción constante en el público. Temas como Diamond, What Goes Around, We Still Believe, Amber y Against Them All transformaron la Sala Metrónomo en un espacio donde la energía nunca bajó.
Uno de los momentos más significativos de la noche llegó con Hasta La Victoria, canción inspirada en Víctor Jara, donde la conexión con el público chileno se sintió aún más fuerte. Fue imposible no notar cómo la banda entendía el peso emocional y político que ciertas referencias tienen para quienes estaban presentes. Ahí el show dejó de sentirse solo como una presentación internacional y pasó a convertirse en un intercambio genuino entre banda y audiencia.
Sí, hubo problemas de audio. Hubo momentos donde ciertos instrumentos se perdían o donde la mezcla no sonaba como debía. Pero honestamente, dentro del Metrónomo eso terminó siendo casi secundario. Porque nadie parecía realmente preocupado de la perfección técnica. El foco estaba puesto en vivir el momento, en cantar con desconocidos, en empujarse dentro del pit y en liberar toda esa energía acumulada que muchas veces cuesta sacar.






Y cuando parecía que la intensidad ya había alcanzado su punto máximo, llegó el turno de Bane. Apenas unos minutos después de terminar Stick to Your Guns, la banda apareció sobre el escenario y el ambiente volvió a explotar. A casi dos años de su última visita, el regreso de Bane se sintió como el reencuentro con una banda que representa de forma casi perfecta la esencia más pura del hardcore.
La salida fue inmediata, potente y sin rodeos. La energía del público no disminuyó en ningún momento; al contrario, se multiplicó. Y bastaron solo unos segundos para que Aaron Bedard dejara una de las frases más importantes de toda la noche:
“This is not a fashion show, this is a hardcore show!”
Más que una frase para encender al público, fue un recordatorio de lo que realmente significa esta escena. Porque la presentación de Bane no se trataba solamente de escuchar canciones. Era algo que debía vivirse ahí, en el momento, sudando, cayéndose, levantándose y compartiendo con quienes entienden este espacio desde las mismas convicciones.
El set avanzó como una descarga emocional constante. Some Came Running, Final Backward Glance, All the Way Through, Can We Start Again y My Therapy fueron algunos de los himnos más coreados de la noche. Cada canción parecía funcionar como una válvula de escape colectiva. Por un par de horas, todos los problemas personales, el cansancio diario y el peso emocional que cada uno carga quedaron suspendidos. Eso es algo que el hardcore logra como pocos géneros: convertir el caos en catarsis.
Uno de los momentos más genuinos llegó cuando Aaron habló directamente con el público chileno. El vocalista hizo énfasis en la admiración que siente por la juventud chilena y por el rol que muchos han tenido en las protestas y movilizaciones sociales de los últimos años. Incluso mencionó que quienes salieron a las calles a defender sus derechos deberían sentirse héroes. Fue un momento simple, pero profundamente honesto, que conectó de inmediato con el público presente.
También hubo espacio para hablar de algo importante: la seguridad. Durante la noche se produjeron algunos incidentes donde varios asistentes terminaron heridos, y Aaron no dudó en manifestar su incomodidad con la presencia de guardias dentro del show. Según sus propias palabras, “cada vez que hay seguridad en los shows ocurren los accidentes”. Por eso invitó a todos a acercarse, subir al escenario, tomar el micrófono y formar parte activa del concierto. Y así fue. Durante varios momentos, el escenario prácticamente se fusionó con el público, borrando cualquier límite entre banda y asistentes.
Y quizás ahí estuvo la verdadera magia de la noche. Porque más allá de los problemas técnicos o de los incidentes puntuales, lo que se vivió en Metrónomo fue una demostración clara de por qué el hardcore sigue tan vivo. No por nostalgia, no por moda y mucho menos por tendencias pasajeras. Sigue vivo porque existe una comunidad real detrás. Personas que entienden que este espacio funciona bajo otros códigos: si alguien cae, otra persona lo levanta; si alguien pierde algo en medio del caos, todos ayudan a recuperarlo; si alguien necesita apoyo, siempre aparece una mano.
La energía del público chileno volvió a demostrar por qué es reconocida incluso por las bandas internacionales. Nunca decayó. Desde el primer tema hasta el último stage dive, la intensidad se mantuvo intacta. Fue sudor, cansancio, gritos desafinados y cuerpos chocando constantemente, pero también fue hermandad, respeto y conexión humana.
En tiempos donde muchas escenas musicales parecen cada vez más individualistas, noches como la de ayer recuerdan que el hardcore todavía conserva algo esencial: el sentido de comunidad. Ese PMA —Positive Mental Attitude— del que tantas bandas hablan sigue existiendo en espacios como este, manteniendo vivo un género que, viendo lo ocurrido anoche, claramente está lejos de desaparecer.
Larga vida al hardcore. Y larga vida a quienes siguen construyéndolo noche tras noche.






Fotos por: Mauricio Díaz Silva
Nota por: Carolina Sulbaran
