Anoche, 1ro de noviembre, vivimos en Santander Arena lo que perfectamente podría definirse como una clase magistral de metal progresivo. Y no hablamos de cualquier presentación, sino de una nueva visita de los suecos de Opeth, una de las agrupaciones más admiradas y respetadas del género, que regresó a Santiago para sumergirnos una vez más en ese universo musical que ha construido durante más de tres décadas. Una trayectoria en la que han sabido desarrollar una identidad propia, marcada por la extraordinaria fusión entre la agresividad del death metal, la sofisticación del rock progresivo y una sensibilidad compositiva capaz de transitar entre la oscuridad más profunda y los pasajes de delicada belleza.
La velada también tuvo como protagonistas a los nacionales de Mar de Grises, una de las bandas más importantes y reconocidas del doom metal chileno. Formada en Santiago en el año 2000, la agrupación construyó una identidad musical que trascendió rápidamente las fronteras, convirtiéndose en un nombre fundamental dentro del death/doom latinoamericano. Sus tres primeros trabajos discográficos, The Tatterdemalion Express (2004), Draining the Waterheart (2008) y Streams Inwards (2010), consolidaron una propuesta caracterizada por atmósferas melancólicas, pasajes densos, voces guturales y estructuras que exploran distintos matices del metal extremo. Después de anunciar su separación en 2013, la banda retomó sus actividades y actualmente está integrada por Juan Escobar en voz y sintetizadores, Rodrigo Morris y Sergio Álvarez en guitarras, Rodrigo Gálvez en bajo y Pablo Martínez en batería.
Su regreso también ha estado acompañado de nueva música. Tras un extenso período sin publicar material inédito, Mar de Grises presentó “Surrender to the Fall”, sencillo que marca el inicio de una nueva etapa y anticipa el camino hacia su cuarto álbum de estudio, proyectado para el primer semestre de 2027. En ese contexto, su participación como invitados de Opeth fue una oportunidad especialmente significativa, tanto para reencontrarse con sus seguidores como para presentar su propuesta ante una audiencia mucho más amplia.
La agrupación nacional comenzó su presentación puntualmente a las 19:00 horas, frente a un Santander Arena que ya mostraba una importante convocatoria. Durante aproximadamente 35 minutos, Mar de Grises recorrió parte de su trayectoria y dio espacio a esta nueva etapa musical, demostrando que su regreso no responde únicamente a la nostalgia, sino también a la intención de seguir construyendo sobre una identidad que permanece vigente. Sus composiciones fueron el punto de partida perfecto para introducirnos en una atmósfera oscura, envolvente y progresiva, preparando el terreno para lo que vendría después. Cerca de las 19:35, la banda dejó el escenario para dar paso a los preparativos finales.




Fotos Por: @Mylyra.photography
Mientras el equipo técnico trabajaba en los últimos detalles, el recinto continuaba llenándose hasta alcanzar una convocatoria prácticamente total. La expectativa era evidente: a las 20:00 horas llegaría el momento de reencontrarnos con Opeth en un espectáculo propio y en un escenario de gran formato. Cuando finalmente se apagaron las luces y los suecos tomaron sus posiciones, la presencia de Joakim Svalberg, Waltteri Väyrynen, Martín Méndez, Fredrik Åkesson y el inconfundible Mikael Åkerfeldt dejó claro que estábamos a punto de presenciar otra demostración de elegancia, complejidad, brutalidad y destreza sonora. Cinco músicos que, desde sus respectivos instrumentos, han dado forma a una de las propuestas más particulares del metal contemporáneo.
El tema encargado de iniciar la noche llegó con “§1”, perteneciente a su más reciente trabajo de estudio, The Last Will and Testament (2024). Una elección que nos introdujo inmediatamente en los matices oscuros y las estructuras de carácter sinfónico y progresivo que definen esta etapa de la banda. Los pasajes instrumentales, las variaciones de intensidad y las apariciones de las voces guturales fueron construyendo una atmósfera cargada de tensión, dejando en evidencia que Opeth no necesita recurrir constantemente a la velocidad para transmitir fuerza. Su música encuentra precisamente en los contrastes uno de sus mayores atributos.
La respuesta del público fue inmediata. Desde los primeros acordes, la cancha demostró el entusiasmo y la fidelidad que caracterizan a los seguidores chilenos de la agrupación. Sin embargo, una parte importante de la experiencia Opeth no ocurre únicamente a través de sus composiciones, sino también en la cercanía que Mikael Åkerfeldt ha construido con sus fanáticos a lo largo de los años. Apenas tuvo la oportunidad, el vocalista saludó a los asistentes con un espontáneo: “Hola, ¿cómo están? Nosotros somos Opeth de Suecia”, provocando una respuesta efusiva que dejó en evidencia el cariño que existe entre ambas partes.
Y si hay algo que distingue a Mikael sobre el escenario, además de su capacidad vocal y musical, es su particular sentido del humor. Los apodos que el público chileno ha utilizado durante años para referirse a los integrantes de la banda volvieron a hacerse presentes entre los gritos de la audiencia: “Miguelito”, “Peluca”, “Di Caprio” y “Morticia”. Åkerfeldt reconoció simpáticamente que estos sobrenombres comenzaron en Chile y que, con el paso del tiempo, terminaron extendiéndose entre seguidores de distintos lugares del mundo. Una anécdota que refleja el nivel de complicidad que se ha desarrollado entre Opeth y nuestro país, y que transforma cada visita en algo mucho más cercano que una simple presentación.
El recorrido musical continuó con “Hjärtat vet vad handen gör”, de In Cauda Venenum, y “Godhead’s Lament”, perteneciente a Still Life. Esta última fue una de las primeras oportunidades para apreciar la respuesta de los seguidores más antiguos, quienes acompañaron con entusiasmo una composición que representa muy bien la riqueza estructural de la discografía de Opeth. Luego llegó el turno de regresar a su álbum más reciente con “§7”, momento en el que Mikael aprovechó de explicar, fiel a su estilo, que tendrían que hacer un pequeño truco para interpretar la canción: utilizarían la voz pregrabada de Ian Anderson, de Jethro Tull, a través de los parlantes, ya que, según bromeó, no podían costear traerlo hasta el escenario. Una vez más, el humor del vocalista consiguió relajar el ambiente sin quitarle protagonismo a la complejidad musical de la pieza.
La música de Opeth tiene esa capacidad particular de convertirse en una experiencia que va mucho más allá de escuchar una sucesión de canciones. Sus composiciones están llenas de detalles, cambios inesperados y capas sonoras que invitan a detenerse en cada instrumento. Es posible perderse entre sus pasajes acústicos, dejarse llevar por una melodía de teclado y, segundos después, encontrarse frente a una sección de guitarras pesadas y voces guturales. Esa dualidad es parte esencial de su identidad y probablemente una de las razones por las que sus seguidores mantienen una conexión tan profunda con la banda.
Entre canción y canción, Mikael continuó demostrando que su carisma es una pieza fundamental del espectáculo. En un momento, mirando a los asistentes, lanzó una pregunta que provocó las risas de todo el recinto: “¿Qué hacen ustedes aquí? ¡Ahora está tocando Iron Maiden!”. La respuesta del público fue inmediata: lejos de dispersarse, los presentes comenzaron a corear el nombre de Opeth, dejando claro que aquella noche tenían motivos más que suficientes para estar en Santander Arena. El vocalista también comentó que el día anterior habían asistido al concierto de Iron Maiden en el Estadio Nacional, compartiendo una anécdota de hace algunos años junto a Bruce Dickinson, quien se había mostrado sorprendido por la manera en que Mikael ejecutaba sus voces guturales y le había preguntado cómo conseguía hacerlo.
Este tipo de intervenciones le entrega una dimensión especial a los conciertos de Opeth. Entre bromas, historias y comentarios espontáneos, Åkerfeldt consigue que un espectáculo de semejante complejidad técnica se sienta cercano, humano y entretenido. Su personalidad contrasta de manera interesante con la oscuridad de buena parte de su música, generando una complicidad que el público chileno ha sabido cultivar durante años.
En el plano musical, la intensidad continuó creciendo con “The Devil’s Orchard”, de Heritage, seguida por “Windowpane”, uno de los momentos más emotivos de la jornada. Al tratarse de una de las composiciones más reconocidas de su catálogo, la respuesta de los asistentes fue especialmente entusiasta. Su atmósfera melancólica y sus delicadas melodías dieron paso a uno de esos instantes en los que el público parece detenerse para disfrutar cada nota, demostrando que la fuerza de Opeth no depende exclusivamente de sus pasajes más extremos.
Pero la calma duraría poco. “The Grand Conjuration”, de Ghost Reveries, y “Demon of the Fall”, de My Arms, Your Hearse, devolvieron la intensidad a la cancha. Los riffs más pesados, los cambios de dinámica y las voces guturales provocaron los primeros mosh de gran magnitud, mientras los seguidores acompañaban cada sección con una energía que no disminuyó durante el espectáculo. Fue también una demostración de cómo la banda puede recorrer distintas etapas de su discografía sin perder coherencia, conectando sus composiciones más atmosféricas con aquellas donde el death metal aparece con mayor protagonismo.
Antes de continuar, Mikael compartió otra anécdota de su paso por Santiago. Contó que, durante una visita a un mall de la ciudad, algunas personas se acercaron para pedirles fotografías e incluso hubo quienes los confundieron con integrantes de Iron Maiden. La historia volvió a provocar carcajadas y reafirmó esa relación tan particular que el vocalista mantiene con sus seguidores. Son precisamente estos pequeños momentos los que hacen que cada encuentro con Opeth tenga una identidad propia y que el vínculo con el público chileno se sienta tan especial.
La presentación siguió avanzando con “§3”, una pieza que sirvió como transición hacia uno de los puntos más altos de la noche: “The Drapery Falls”, del imprescindible Blackwater Park (2001). La interpretación fue una verdadera muestra de la capacidad compositiva de la banda, alternando pasajes melódicos, guitarras envolventes y secciones de mayor intensidad. A estas alturas, el público ya estaba completamente entregado a la presentación, siguiendo cada cambio de ritmo y disfrutando de una ejecución que exige precisión y coordinación en cada uno de sus detalles.
Posteriormente llegó “Hex Omega”, de Watershed (2008), una elección especialmente interesante considerando que, según comentó Mikael, no es una canción que interpreten habitualmente en sus conciertos. Su inclusión fue un regalo para los seguidores más atentos a la discografía de la agrupación y una manera distinta de cerrar el repertorio principal. Una vez más, Opeth demostró que su catálogo está lleno de composiciones que merecen ser rescatadas y que cada setlist puede convertirse en una experiencia diferente para quienes siguen su trayectoria.
Sin embargo, todavía quedaba espacio para una de las escenas más inesperadas y divertidas de la noche. Antes del cierre definitivo, Mikael anunció que interpretarían una pieza especial, dando instrucciones muy precisas al público para que gritara su nombre lo más rápido posible. Así llegó el turno de “You Suffer” de Napalm Death cuya duración de apenas unos segundos convirtió el momento en una auténtica broma colectiva. La reacción de los asistentes y la complicidad del vocalista regalaron una de las postales más memorables de la presentación, demostrando que incluso en una noche marcada por la sofisticación musical siempre hay espacio para el humor y la espontaneidad.
Para cerrar, Opeth eligió “Deliverance”, una composición que parecía diseñada para llevar la energía del recinto hasta su punto máximo. Los mosh se multiplicaron en el sector de cancha, miles de cabezas se movieron al ritmo de sus guitarras y la respuesta del público acompañó cada uno de sus cambios de intensidad. Sus riffs oscuros, estructuras sincopadas y pasajes instrumentales de enorme complejidad terminaron por reunir todas las facetas que hacen de Opeth una banda tan especial: brutalidad, elegancia, técnica y una capacidad extraordinaria para construir momentos musicales de gran impacto. Fue un cierre contundente para una presentación que se extendió por aproximadamente dos horas y que recorrió distintas etapas de su historia.
A nivel visual, el espectáculo estuvo acompañado por pantallas con material audiovisual relacionado con cada composición y un diseño de iluminación que supo complementar los distintos ambientes de la música. Desde los pasajes más sombríos hasta los momentos de mayor intensidad, cada recurso escénico aportó a la construcción de una experiencia inmersiva, sin distraer de lo verdaderamente importante: cinco músicos ejecutando una propuesta que exige un nivel de precisión y sensibilidad difícil de encontrar.
Lo vivido el 1ro de noviembre en Santander Arena fue mucho más que otro concierto de Opeth en Chile. Fue una demostración del lugar que la agrupación ocupa dentro del metal progresivo y de la conexión que ha construido con sus seguidores a lo largo de los años. En un recinto de gran capacidad, la banda volvió a demostrar que su música puede reunir a distintas generaciones de fanáticos, desde quienes crecieron escuchando sus primeros trabajos hasta quienes llegaron a su universo a través de sus composiciones más recientes. Y aunque el escenario y la convocatoria estuvieron a la altura de una agrupación de su trayectoria, siempre queda la sensación de que una banda como Opeth merece espacios donde su propuesta pueda desplegarse en toda su magnitud.
La noche también tuvo un significado especial al estar marcada por el descanso que la banda se tomará después de esta etapa. Saber que tendremos que esperar para volver a encontrarnos con ellos le dio a cada canción una carga emocional distinta, especialmente durante los últimos minutos de “Deliverance”. Fue imposible no pensar en todo lo que representa Opeth para quienes han encontrado en su música una compañía, una inspiración o simplemente una forma diferente de entender el metal.
Anoche, la última voluntad de Opeth se convirtió en un testamento compartido entre la banda y su público chileno: una promesa construida a través de riffs, melodías, guturales, risas y recuerdos que permanecerán mucho después de que las luces del Santander Arena se apaguen. Nos queda la esperanza de que este descanso sea solo una pausa y que, cuando llegue el momento, podamos volver a encontrarnos frente a ellos. Porque hay bandas que simplemente ofrecen conciertos y otras que construyen experiencias capaces de acompañarnos durante toda una vida. Opeth pertenece, sin duda, a estas últimas.




Fotos Por: @Mylyra.photography
