La jornada del 9 de mayo en el Teatro Cariola comenzó mucho antes de que Vader pisara el escenario. Desde temprano se sentía ese ambiente clásico de concierto extremo: grupos conversando afuera del recinto, poleras negras mezcladas entre humo de cigarro y el murmullo constante de quienes esperaban una noche larga. El cartel reunía generaciones y estilos distintos dentro del death metal, con presencia nacional e internacional, pero también volvía a poner sobre la mesa un tema repetido dentro de la escena: el apoyo a las bandas locales en horarios tempranos. Aun así, quienes estuvieron desde el comienzo terminaron viendo presentaciones que dejaron más de un momento para recordar.
La noche comenzó con Rapture sobre el escenario del Teatro Cariola. Desde Maipú, la banda fue la encargada de abrir una jornada marcada por el death metal, apareciendo con corpse paint y una estética que desde el primer minuto empujó el ambiente hacia algo mucho más oscuro. No hubo introducciones largas ni intentos de buscar cercanía inmediata con el público. Rapture simplemente salió a tocar.
Y aunque el apoyo desde cancha existió, la cantidad de gente todavía era baja para la hora. Ahí volvió a aparecer esa discusión eterna dentro de la escena: el poco apañe que muchas veces reciben las bandas nacionales cuando les toca abrir este tipo de eventos. Mientras afuera todavía seguía entrando gente al recinto, Rapture ya estaba descargando toda su propuesta frente a un Cariola que recién comenzaba a despertar.
Pero lejos de incomodarse por eso, la banda siguió adelante con absoluta seriedad. Cada canción se sintió ejecutada con la misma convicción que si el teatro hubiese estado lleno. El trabajo visual ayudaba bastante; el maquillaje, las luces y la actitud sobre el escenario terminaban construyendo una imagen coherente con lo que buscaban transmitir. No intentaban “animar” al público ni forzar interacción constante. Lo suyo iba por otro lado: sostener una presentación agresiva, rápida y sin adornos innecesarios.
Desde las primeras filas igual comenzaron a aparecer reacciones. Algunos cabeceos, personas acercándose lentamente a la barricada y varios observando atentos cómo la banda iba levantando la noche desde un terreno complejo para cualquier acto de apertura. Rapture entendió perfectamente el contexto que les tocaba enfrentar y aun así jamás bajaron la intensidad de la presentación. Más que buscar aprobación inmediata, tocaron como una banda que tenía claro lo que quería mostrar arriba del escenario.





Con Homicide el ambiente ya comenzó a cambiar. La cancha tenía más movimiento y el público empezaba a responder con mayor ruido, aunque el inicio de su presentación vino acompañado de algunos problemas técnicos. Por momentos el sonido parecía jugarles en contra, pero la banda supo resolver la situación sin perder el control del show.
Ahí apareció el peso de los años y la experiencia. El frontman tomó rápidamente la conducción del momento, manteniendo conexión constante con la audiencia mientras el resto de la banda seguía avanzando entre ajustes técnicos y cambios sobre la marcha. Lo que en otra presentación podría haber cortado completamente el ritmo, Homicide logró transformarlo en parte natural del show.
A medida que pasaban las canciones, el público comenzó a involucrarse mucho más. Las primeras filas ya estaban completamente activas, aparecieron empujones entre cancha y los cabeceos se volvieron constantes frente al escenario. La banda entendió perfectamente cómo leer ese momento y aprovecharlo. No necesitaban exagerar movimientos ni recurrir a fórmulas típicas para levantar al público; todo se sostenía desde la experiencia y la seguridad con la que manejaban cada pausa, cada entrada y cada interacción.
Incluso cuando algunos problemas técnicos seguían apareciendo, Homicide jamás perdió firmeza. Continuaron adelante manteniendo el peso de la presentación y haciendo que el Cariola respondiera cada vez con más fuerza. Lo que comenzó con dudas terminó convirtiéndose en un show sólido, donde la banda dejó claro por qué siguen siendo un nombre importante dentro del metal extremo nacional.





Cuando Master apareció sobre el escenario, el ambiente ya estaba completamente preparado para lo que venía. La banda liderada por Paul Speckmann salió sin demasiados anuncios y bastaron los primeros minutos para que el público comenzara a acercarse aún más al escenario. Los primeros mosh realmente grandes de la noche aparecieron ahí, mientras Master avanzaba con un show directo y sin distracciones.
Ver a Master en vivo también tiene algo histórico. No se trata solamente de escuchar canciones; es ver a una agrupación que ayudó a construir parte importante del sonido del death metal cuando todavía muchas de esas reglas ni siquiera existían. Y eso se notaba en cómo manejaban el escenario: sin exceso de movimientos, sin necesidad de buscar aprobación constante, simplemente tocando con la seguridad de quienes conocen perfectamente el terreno donde están parados.
Cada tema parecía aumentar todavía más el movimiento dentro de cancha. El Cariola ya funcionaba como una sola masa empujándose de lado a lado mientras la banda seguía avanzando sin descanso. Incluso los momentos más pausados, como algunos pasajes instrumentales o solos de guitarra, daban la impresión de ser apenas una pequeña recuperación antes de volver nuevamente al ataque.
Entre saludos rápidos y pequeñas pausas para tomar aire, Master continuó sosteniendo una presentación sólida, manteniendo siempre la atención del público. La conexión entre banda y audiencia ya era total, preparando el terreno para el plato principal de la noche.





A las 22:00 horas exactas comenzaron a sonar campanas y efectos de tormenta dentro del Teatro Cariola. Uno por uno, los integrantes de Vader aparecieron sobre el escenario mientras el público reaccionaba de inmediato. Los primeros minutos fueron suficientes para desatar completamente la cancha: mosh, cabeceos y personas chocando entre sí marcaron el inicio de una presentación donde prácticamente no existieron pausas.
El sonido se mantuvo preciso durante todo el show y la batería se sentía dominante en cada canción, empujando constantemente el ritmo de la presentación. Piotr Wiwczarek manejó al público con absoluta comodidad. Después de varios temas, los gritos de “¡Vader, Vader!” retumbaban en todo el Cariola, mientras el vocalista respondía sorprendido con frases en español y comentarios celebrando la reacción del público chileno.
Canción tras canción, la banda parecía controlar completamente el recinto. No importaba cuánto avanzara el set: siempre había espacio para seguir elevando el caos dentro de cancha. Antes de interpretar “Triumph of Death”, Piotr lanzó un “fucking rules, Santiago”, provocando otra respuesta inmediata de la audiencia.
La recta final terminó siendo un cierre total para una noche que nunca dejó de moverse. “Helleluyah!!! (God Is Dead)” empujó uno de los momentos más ruidosos del show, y cuando parecía que todo había terminado, Vader sorprendió cerrando con una versión de “Hell Awaits / Raining Blood” de Slayer. Ya con el público completamente entregado, la banda abandonó el escenario mientras sonaba la Marcha Imperial de Star Wars, cerrando una jornada donde las bandas nacionales respondieron con personalidad propia y donde el Cariola terminó convertido en un verdadero campo de batalla para el death metal.





Fotos por: Tamara Romero (holatami.dg)
Nota: Nicolas Miranda
Produjo: Chargola | Powerprods.
