En una fría y lluviosa noche de primavera en Santiago, cuya baja temperatura pasó desapercibida gracias al cálido ambiente dentro de Onaciu, tuvimos una cita con el recuerdo, el destino y el corazón. Ver a Anette Olzon en Chile interpretando los temas de los discos Dark Passion Play e Imaginaerum se sintió como abrir un cofre del tesoro que muchos creíamos perdido para siempre. Con la emoción a flor de piel y las ganas de revivir una gran historia, la jornada se convirtió en una fiesta total de metal sinfónico en su versión más dramática y pegajosa.
Pero primero fue el turno de las tres bandas nacionales que encendieron los fuegos de la velada: Carmesí, Cabaret Burdel e Instinctus.
Cada una con un sello propio, desde la potencia del heavy metal hasta propuestas con voces femeninas y coros impecablemente ejecutados, fueron las encargadas de preparar el ambiente y encender al público para el acto principal.
A eso de las 21:18 y sin tiempo para respirar, los primeros compases de «Storytime» desataron la locura. Cientos de voces corearon al unísono ese cuento mágico y oscuro que marcó a toda una generación. El viaje continuó con todo el impulso de «7 Days to the Wolves», donde la voz de Anette sonó dulce, firme y con una fuerza que llenó cada rincón del recinto en Recoleta.
El recorrido prosiguió con la potencia de «Ghost River» y su energía contagiosa. Sin embargo, el momento en que la emoción se sintió a flor de piel llegó con los primeros acordes de «Amaranth». Escuchar ese clásico en vivo, guiados por la calidez y la sonrisa de la cantante sueca, hizo que todos levantaran los brazos en una alegría compartida entre viejos seguidores.
La fiesta no dio tregua con la fuerza de «Rest Calm». Luego de una breve pausa en la que la vocalista expresó lo hermoso que le parecía nuestro país, las notas de «Escapist» encendieron aún más al público santiaguino. Posteriormente llegó la música festiva de «Last of the Wilds», la pieza más folk de la era de Nightwish con Anette, la cual hizo temblar el piso con los saltos de la gente y fue ejecutada de manera impecable por los músicos que la acompañaban.
El momento íntimo de la velada llegó cuando acomodaron unas sillas en el escenario, donde la sorpresa vino de la mano de «Slow, Love, Slow» y esa atmósfera jazzera que en su momento dejó perplejos a muchos al escucharla por primera vez en Imaginaerum. También presenciamos la ternura de «Meadow of Heaven», una interpretación cargada de emoción que llegó a lo más profundo. Resulta inevitable no conmoverse al escucharla.
La magia continuó con la fuerza arabesca de «Sahara», una de las favoritas de quien escribe, tema que Anette cantó junto a la tour manager de la gira. A continuación, la parte más intensa del show se desplegó con el drama de «Song of Myself» y la locura de «Scaretale», donde la artista mostró todo su juego escénico, actuando y divirtiéndose como solo ella sabe hacerlo.
Cabe destacar a la banda de apoyo, pues cada integrante ejecutó su instrumento a la perfección, recreando de forma muy fidedigna el sonido del Nightwish de aquellos años.
También hubo espacio para su faceta solista con «Rapture», tema homónimo de su álbum de 2024. Allí aprovechó para mencionar que espera regresar el próximo año a nuestro país con más material de su carrera en solitario y de sus distintos proyectos, los cuales han dejado grandes joyas musicales a lo largo de los años.
Para el cierre, la energía volvió a explotar con «Last Ride of the Day», el broche de oro para una noche llena de sorpresas que nos dejó exhaustos, pero con el corazón contento.
Así concluyó la gira de Anette Olzon por Sudamérica. Sin duda, más que un simple concierto, fue un reencuentro esperado: una noche donde la música triunfó sobre el paso de los años y donde Chile le demostró a la cantante sueca que su legado sigue tan vivo y querido como el primer día. Incluso se tomó el tiempo, una vez finalizado el show, de seguir firmando autógrafos y tomándose fotografías con sus fanáticos, mostrando aún más la faceta cálida que la caracteriza. Para cualquier amante de Nightwish y del metal sinfónico, fue un verdadero regalo y una caricia al alma.




