In Flames en el Cariola: cuando el presente pesa más que la nostalgia

Hay conciertos que se construyen desde la expectativa. Otros, en cambio, se arman desde la inercia del propio público. Lo del 21 de abril en el Teatro Cariola fue claramente lo segundo: una masa que no necesitó instrucciones para activarse, y tres bandas que no se sintieron como escalones, sino como partes de un mismo recorrido.

Acá no hubo “esperar al plato fuerte”. Hubo continuidad.

ProjectoR: encender la maquinaria sin pedir permiso

Lo de ProjectoR fue inmediato. Sin intro larga ni construcción artificial, “Killing the True” funcionó como detonante más que como apertura. El centro del recinto reaccionó en segundos: primeros empujones, cabeceos desordenados y ese tipo de caos que solo aparece cuando la banda no está tanteando, sino atacando.

El set siguió con “Between the Nature and Ego”, donde el movimiento dejó de ser reacción y pasó a ser constante. Ya no era solo impulso: era dinámica instalada. La banda se mostró cómoda en ese terreno, sosteniendo tensión sin perder claridad.

Con “Corporatocracy”, el Cariola ya tenía forma de mosh. No uno explosivo aún, pero sí firme, girando sobre sí mismo. ProjectoR no “calentó” al público: lo puso a trabajar desde el primer minuto. Y eso cambia completamente el rol. No estaban abriendo la noche; estaban marcando cómo se iba a vivir.

Diametral: cuando el caos se vuelve celebración

Diametral lo transformó. El inicio con “Artificial Euphoria” cambió la lógica: el público dejó de empujar hacia adelante y empezó a saltar. El mosh se amplió, se volvió más caótico, pero también más festivo.

“Lo Prado Murder” mantuvo ese pulso alto, con una banda que no bajó intensidad ni buscó pausas estratégicas. Todo fue directo, casi sin aire.

El punto de quiebre llegó con “Onlyfan”. Antes de partir, Osvaldo lanzó —entre talla y complicidad— que la canción estaba dedicada a un amigo. La reacción fue inmediata: risas en medio del ruido, un momento breve que humanizó todo antes de que el golpe volviera. Y volvió fuerte. Coros desordenados, manos arriba, un público completamente metido.

Con “Sentenced” y “I’m the Truth”, el set tomó un carácter más pesado, menos juguetón, pero igual de efectivo. Para el cierre, “Hell in Me” encontró a la cancha completamente entregada, sin necesidad de estímulos extra.

Diametral no se sintió como transición. Se sintió como una banda que ya tiene su propio espacio ganado dentro de este tipo de fechas.

In Flames: un show que se sostuvo en la gente tanto como en la banda

Cuando In Flames apareció, no hubo transición ni pausa ceremonial. “Pinball Map” arrancó como si el show ya estuviera empezado hace rato. Y en cierto sentido, así era.

El bloque inicial con “The Great Deceiver” y “Deliver Us” mantuvo la intensidad, aunque ahí empezaron a notarse algunos problemas de audio. No constantes, pero sí lo suficiente para desordenar ciertos momentos. Aun así, la banda no se cayó. Tampoco el público.

El corazón del show llegó con “Cloud Connected”“Trigger” y “Only for the Weak”. Ahí no importó la mezcla ni los detalles técnicos: el Cariola completo estaba cantando. Fue probablemente el momento donde más se sintió esa conexión transversal entre generaciones de fans.

Más adelante, “State of Slow Decay” y “Meet Your Maker” mostraron a la banda cómoda en su etapa actual, sin necesidad de mirar hacia atrás para validar el presente. Y eso, aunque no deja contentos a todos, sí define bien qué es hoy In Flames.

El cierre con “Take This Life” fue lo más cercano a una liberación total. El mosh dejó de tener forma, el público ya no medía espacios y la energía simplemente se desbordó.

Sí, hubo fallas. Pero también hubo algo más importante: continuidad. La banda logró mantener la llama encendida incluso cuando el sonido no acompañó del todo.

Lo más interesante de la noche no fue solo el rendimiento de cada banda, sino cómo se diluyó esa idea clásica de jerarquías. ProjectoR no sonó a banda de inicio. Diametral no sonó a puente. Y In Flames no necesitó perfección para sostener su lugar.

Todo funcionó como un solo bloque, con distintos matices.

Y en un circuito donde muchas veces las bandas locales quedan relegadas a cumplir horario, esta vez pasó algo distinto: fueron parte real del show, no antesala.

Al final, lo que quedó no fue un setlist perfecto ni un sonido impecable. Fue una sensación más concreta: que la intensidad no se negocia… y que cuando el público decide empujar, no hay falla técnica que logre apagarlo.

Fotos por: Daniela Cortés Sarmiento @danisicknot

Nota: Nicolas Miranda.

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